martes, 24 de noviembre de 2015

LA MITAD DE MI VIDA





Mecido por tus firmes manos y apesadumbrado
por el dolor causado por mi comportamiento,
ahora con todo nuestro universo en movimiento
me gustaría hablar, de manera pausada, del pasado

de aquellos instantes vividos en cualquier lugar
en el que nuestros jóvenes cuerpos estuviesen,
siempre dispuestos y raudos para empezar a amar
a nada que tus padres, aún vivos, no nos viesen.

por lo que yo recuerdo éramos un par de jóvenes
sin futuro, pero con algo de pasado en común,
como aquellas parejas que juntaban sus bienes
amarrando la gloria, sin dejar nada al buen tun-tun.

No sé mucho del porvenir que tuvimos disponible
he olvidado lugares, fechas y sobre todo el eco
de cualquier conversación, aunque fuese inaudible
llevada a cabo en derredor de aquel árbol hueco

del parque donde solíamos citarnos
cuando el anochecer lo permitía,
y por no dejar de amarnos
una vela se encendía

en algún rincón remoto de una iglesia vacía
sin púlpito ni altares, ni imágenes sagradas,
tan sólo la triste soledad de la vieja sacristía
donde poner a punto las ropas empleadas

en el eterno oficio de la misa en latín,
aquella cuya escucha producía sosiego
en varias ocasiones por nuestro amor pedí,
como tantas ahora del recuerdo reniego;

y no soporto verte tan lejos, y me duele
pensar que nunca más podré abrazarte,
así que pase un siglo, no dejaré de amarte
pero temo que halles algo que te consuele.

Qué me causa el dolor, podrías preguntarte
si me amas tanto que te duele hasta el alma,
pues no sé qué decir, tal vez deba contarte,
cualquier día de Abril, con la debida calma

que el mundo en el que vivo me obliga a decidir
entre mis dos mitades, distintas y hasta opuestas;
hay veces que hasta incluso el respirar me cuesta
pero ten por seguro que sin ti, yo no quiero vivir.




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