jueves, 30 de noviembre de 2017

UN DIA EN LA OFICINA





Hoy como cada día, me he vestido a oscuras
mientras fluía tu respiración, acompasadamente
la idea de quedarme se ha pasado por mi mente
pero luego se ha impuesto la realidad más dura.

De todos los momentos del día, éste es el mejor
trasteo en la cocina en busca de las tazas y el café
estoy medio dormido, pero encuentro un tenedor
al fin y al cabo todo en esta vida es cuestión de fe.

Ya me pongo al volante y salen los vecinos
casi a la vez que yo, caminan o se quedan
esperando al viejo autobús, ojalá puedan
llegar, sanos y salvos, a su triste destino

pues de ellos dependen la familia y el perro
una combinación que se lleva estos días
el ladrido del chucho, es una melodía
aunque también lo es, de la vaca, el cencerro.

No pienso en estas cosas mientras voy conduciendo
aquí y allá, las luces, se van apagando o encendiendo
hay una niña sola con su enorme mochila en la acera
seguramente del bus de la escuela está a la espera.

Luego llego al trabajo, tras de muchos virajes
para aparcar el coche, cortesía de un Ayuntamiento
al cual los conductores le importan un pimiento
mientras lo único que hace es imponer peajes.

Ya una vez en mi mesa, empiezo por abrir
el correo diario, casi todo son temas del tajo
pero me queda un sobre, que estaba debajo
y cuyo contenido, liviano, está por descubrir.

Empleo el abrecartas, y sale un corazón
rojo como la sangre, decorado con flores
hecho seguramente para que te enamores
o quizá simplemente por alguna otra razón

pero viene a mi mente que ayer se celebraba
a un tal San Valentín, el patrón del cariño
quizá tenga que ver que caigan tantas babas
viendo a la secretaria, con su exiguo corpiño.

No miro el remitente, pues sé muy bien quien lo manda
sonrío para mis adentros mientras me quito la bufanda
y me duele no haberme acordado de besarte en la frente
antes de partir,o por lo menos, acariciarte tiernamente.


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